El Negocito de la «Cultura de Mercado» en el Patrimonio de Todos
Mientras nos venden el cuento de la austeridad y la motosierra oxigenada, por debajo de la mesa —y a plena luz del día en los escenarios más emblemáticos del país— se está cocinando un curro fenomenal. La retórica libertaria de «no hay plata» parece aplicarse exclusivamente a los comedores populares, a las universidades y a los jubilados, porque para los amigos del poder, el Estado sigue siendo una teta generosa y privatizada. El reciente escándalo sobre la empresaria que monopoliza los eventos en edificios públicos no es un error de gestión, es el diseño perfecto del capitalismo de amigos que vinieron a combatir y terminaron perfeccionando.
El «Nudo» del Negocio: Privatizar la Ganancia, Socializar el Gasto
El análisis técnico de esta maniobra revela una matriz de transferencia de recursos públicos hacia el sector privado que es, cuanto menos, obscena. El esquema funciona bajo una lógica de concesiones opacas: se utilizan infraestructuras que pertenecen a los 46 millones de argentinos —como el CCK (rebautizado bajo una estética de manual de autoayuda) o Tecnópolis— para montar espectáculos de carácter privado. ¿Dónde está el truco? En que el Estado, bajo la excusa de la «modernización», absorbe los costos operativos, de seguridad y de mantenimiento, mientras que la productora en cuestión se queda con la recaudación neta de tickets, sponsors y merchandising.
Estamos hablando de una empresaria que ha pasado de organizar eventos medianos a tener la exclusividad de la «liturgia libertaria», desde el Luna Park hasta la «Derecha Fest». Lo que vemos es la creación de un monopolio de facto en la gestión de espacios públicos. Al otorgar la concesión de Tecnópolis o el manejo de fechas clave en el CCK a una sola mano amiga, se rompe cualquier principio de libre competencia que tanto pregonan en sus libros de texto. Es, técnicamente, una captura del regulador: la empresaria no compite por calidad o precio, sino por cercanía ideológica y acceso directo al despacho oficial. El «canon» que pagan estas empresas por el uso de los edificios es una cifra irrisoria comparada con el valor de mercado de un alquiler en esas locaciones, lo que constituye un subsidio encubierto a la militancia empresarial.
Contexto Político: La Casta tiene Productora Propia
Este fenómeno no ocurre en el vacío. Se da en una Argentina donde el consumo cultural popular está por el piso porque la gente tiene que elegir entre pagar el colectivo o comprar un kilo de pan. En este escenario, que el Gobierno facilite edificios históricos para que una élite haga negocios con la «Derecha Fest» es una provocación de clase. El beneficio es doble para el oficialismo: por un lado, financian indirectamente a sus cuadros y armadores de eventos; por el otro, avanzan en la desarticulación del sentido público de la cultura.
¿Quién se beneficia? El círculo íntimo que rodea a la «jefatura». Mientras desmantelan el INCAA y desfinancian las bibliotecas populares alegando que «el mercado debe decidir», usan la estructura estatal para inflar los bolsillos de una empresaria que es, en los hechos, la ministra de cultura en las sombras. Es la hipocresía elevada a política de Estado: denuestan lo público para vaciarlo de contenido popular y luego lo alquilan por dos mangos a sus socios para que hagan caja. No es libertad, es un saqueo estético y financiero sobre las cenizas de lo que alguna vez fue un proyecto de integración nacional.
La Raíz del Problema: La Barbarie de los «Emprendedores» de Estado
Lo que realmente indigna de esta trama no es solo el dinero, sino la estafa moral. Se llenaron la boca hablando contra los «ñoquis» y los «retornos» de la gestión anterior para terminar montando una agencia de eventos privada dentro de la Casa Rosada. La empresaria en cuestión es el síntoma de una enfermedad más profunda: la idea de que el Estado es un botín que debe ser liquidado por partes entre los que ayudaron a llegar al poder.
La «motosierra» resultó ser una herramienta de poda selectiva: cortan las ramas que alimentan al pueblo, pero riegan con fondos y privilegios las raíces de sus propios negocios. Tecnópolis, que nació como un espacio de soberanía científica, hoy corre el riesgo de convertirse en un patio de juegos para el lobby empresarial más rancio, donde la entrada no la paga el Estado, sino que la ganancia se la lleva un privado usando la luz, el gas y el suelo que pagamos todos. Si esto no es «casta», entonces la palabra ha perdido todo sentido. Estamos ante una oligarquía de gestores que vienen a rematar el patrimonio nacional mientras nos piden que aguantemos el ajuste con una sonrisa cínica.
En NSBA no nos vamos a callar: esto es corrupción con purpurina liberal. Es el uso de lo público para el goce de unos pocos privilegiados que, mientras gritan «viva la libertad», no sueltan la manija de la caja del Estado ni para ir al baño. La barbarie no es solo la falta de cultura, es la transformación de la cultura en un curro VIP para los amigos del Rey.
Fuente original: Pagina12