El cadáver político de Adorni y la timba criminal de «Toto» Caputo
Mientras el país se desangra en una recesión que ya no tiene piso, el «León» de cartón piedra decidió que era un excelente momento para emprender otra de sus giras místicas, esta vez a Israel, buscando en el Muro de los Lamentos el perdón que el pueblo argentino no le va a conceder. Pero no nos engañemos con el humo de la espiritualidad de mercado: mientras Milei llora frente a las piedras, en Buenos Aires el olor a descomposición política ya es insoportable. Manuel Adorni, ese vocero que hizo del cinismo una carrera profesional, hoy camina por los pasillos de la Rosada con la mirada perdida de quien sabe que ya es un walking dead. Sin embargo, el verdadero hedor no viene de la sala de prensa, sino del despacho de Economía, donde Luis «Toto» Caputo está terminando de cocinar el segundo gran saqueo nacional del siglo XXI.
El «Superávit» de cartón y la estafa de la licuadora
Para entender por qué el programa económico está en fase de metástasis, hay que dejar de escuchar los tuits de Milei y mirar los números reales, esos que la prensa pautera prefiere ignorar. El tan mentado «superávit financiero» de Caputo es una estafa contable digna de un esquema Ponzi. No hay ahorro, hay default interno. El «Nudo» técnico es el siguiente: el gobierno alcanzó ese número pisando los pagos a CAMMESA (la administradora del mercado eléctrico), congelando las transferencias a las provincias y, fundamentalmente, destruyendo el poder adquisitivo de las jubilaciones, que hoy representan el 45% del ajuste total.
La «licuadora» no es una herramienta técnica, es un arma de destrucción masiva contra el consumo interno. Al mantener el dólar oficial con un crawling peg del 2% mensual frente a una inflación que corre al triple, Caputo está generando un atraso cambiario artificial que solo beneficia a los especuladores que hacen el carry trade (la famosa bicicleta financiera). Están quemando las reservas que no tienen para sostener una ficción cambiaria mientras la industria nacional cae un 20% interanual. Es el manual de la dictadura y del 2001 aplicado por un tipo que ya fracasó con Macri y que ahora vuelve para terminar el trabajo de demolición.
Adorni: El fusible de una narrativa que ya no convence ni a los propios
La figura de Manuel Adorni ha pasado de ser el «troll-in-chief» a convertirse en un estorbo. Su función era la de un anestesista: dormir a la opinión pública con datos sesgados y chicanas de secundaria mientras el cirujano (Caputo) amputaba derechos. Pero la anestesia se acabó. Cuando la gente no puede pagar el boleto de colectivo o tiene que elegir entre la medicación y la comida, la sonrisa sobradora del vocero se vuelve un insulto insoportable.
En los pasillos del poder se comenta que Adorni ya no tiene línea directa con «El Jefe» (Karina Milei). Lo han dejado solo, balbuceando excusas en conferencias de prensa donde cada vez hay más silencios incómodos. Es un cadáver político que todavía respira porque el gobierno no tiene recambio, pero su irrelevancia es el síntoma más claro de que el relato de la «casta» ya no sirve para ocultar que el ajuste lo está pagando el tipo que labura. El beneficio es, como siempre, para el sector financiero y las energéticas, que ven cómo sus balances explotan mientras el pueblo se sumerge en la indigencia.
La conexión con la barbarie: ¿Quién se lleva la torta?
¿Quién se beneficia de este desastre? No es el «pueblo» que votó un cambio. Los ganadores de este modelo de barbarie planificada son los mismos de siempre: el complejo agroexportador que espera otra devaluación, los bancos que cobran intereses usurarios por la deuda que Caputo sigue contrayendo, y las empresas de servicios públicos que facturan tarifas suizas para servicios del tercer mundo.
La crisis del programa económico no es un error de cálculo, es su diseño original. Milei se va a Israel no por agenda de Estado, sino porque necesita la validación externa que el territorio nacional le está empezando a negar. Es la fuga mística de un presidente que no puede gestionar la realidad. Mientras tanto, Caputo sigue timbeando con el futuro de 46 millones de personas, esperando el momento justo para dar el zarpazo final y retirarse a sus oficinas en Greenwich o Palm Beach cuando todo vuele por los aires.
Estamos ante un gobierno de ocupación financiera que usa a personajes como Adorni para entretener a la tribuna mientras se llevan hasta los zócalos. El «walking dead» no es solo un vocero en desgracia; es el proyecto político entero de una derecha que, ante la falta de resultados económicos, solo puede ofrecer mesianismo y represión. La pregunta no es si este plan va a fracasar —porque técnicamente ya fracasó— sino cuánto más daño estamos dispuestos a tolerar antes de que la realidad los pase por encima.
Fuente original: Pagina12