La timba no descansa:

El dólar a mil aristas mientras el hambre se vuelve política de Estado

Amanecemos otro martes de este marzo de 2026 con la nuca fría. La pantalla de las cuevas y los portales financieros nos escupen números que, para el tipo que labura, son sentencias de muerte en cuotas. El dólar blue y los dólares financieros (MEP y CCL) vuelven a marcar la temperatura de un país que vive en terapia intensiva, mientras desde la Casa Rosada nos siguen vendiendo el espejito de colores de una estabilidad que solo existe en las hojas de cálculo de los especuladores de la City. No es solo una cotización; es el termómetro del saqueo.

El nudo técnico: La brecha que nos ahorca

Para entender el desmadre de hoy, 17 de marzo, hay que mirar debajo del capó de esta economía desguazada. El nudo gordiano no es el precio en sí, sino la insostenible brecha cambiaria que el gobierno intenta maquillar con intervenciones encubiertas. A pesar de la narrativa oficial sobre la «libertad absoluta», el Banco Central sigue quemando lo poco que queda de reservas líquidas para que el Contado con Liqui (CCL) no vuele por los aires y desate una hiperinflación que ya se siente en el olor del pan.

La movida técnica es perversa: mantienen un crawling peg (micro-devaluaciones diarias) que ya quedó pedaleando en el aire frente a la inflación acumulada. Esto genera un incentivo perverso para los exportadores, que prefieren sentarse sobre los silobolsas esperando que el estallido sea total, mientras el dólar blue actúa como el único refugio real para una clase media que se extingue. Estamos ante un escenario de estrangulamiento de divisas donde la «competencia de monedas» terminó siendo una pelea de un peso raquítico contra un dólar que es un tanque de guerra. El resultado es obvio: menos dólares para producir, más dólares para la fuga de capitales.

Contexto político: ¿Quién se lleva la torta mientras vos contás monedas?

En este marzo de 2026, la realidad argentina es un experimento de laboratorio que salió mal, o mejor dicho, salió exactamente como sus arquitectos querían. ¿A quién beneficia que el dólar sea una incógnita diaria? No busquen en los barrios populares ni en las pymes que bajan la persiana. Los ganadores de este caos programado son los mismos de siempre: el sector financiero concentrado y los fondos de inversión que juegan a la «bicicleta» con tasas de interés que devoran cualquier capacidad de crédito para el consumo.

El gobierno de turno ha decidido que el ajuste lo pague el que no tiene cuenta en las Islas Caimán. Mientras el dólar sube, los salarios se arrastran por el piso de la miseria. La estrategia política es clara: pulverizar el poder adquisitivo para forzar una dolarización de facto que nos deje sin soberanía monetaria y con la soberanía política entregada en bandeja de plata. El «pueblo» para ellos es una variable de ajuste, un estorbo en el camino hacia la utopía anarco-capitalista que solo funciona en Twitter y en los hoteles de cinco estrellas donde se reúnen a celebrar el desguace del Estado.

La barbarie cotidiana: El dólar se come tu plato de comida

No se equivoquen, esta no es una nota para economistas de traje y corbata. Es una advertencia. Cada peso que el dólar le gana a nuestra moneda es un litro de leche menos, un medicamento que se vuelve un lujo, un jubilado que tiene que elegir entre comer o prender la estufa. La barbarie argentina no es un concepto abstracto; es la violencia de ver cómo el fruto de tu esfuerzo se disuelve en la pantalla de un «bróker» que no sabe lo que es tomarse un colectivo.

Nos quieren distraer con el debate de la «cotización del día», pero el fondo de la cuestión es el modelo de exclusión. Estamos ante un saqueo institucionalizado donde la incertidumbre cambiaria es la herramienta perfecta para mantener a la población en un estado de pánico constante. Un pueblo que tiene miedo a que el dólar salte mañana es un pueblo que no tiene tiempo para organizarse y reclamar lo que le están robando. Pero se equivocan si creen que el hambre es eterna. La cuerda se tensa, y el dólar, ese ídolo de barro al que le rinden culto, puede terminar siendo la mecha de un incendio que no van a poder apagar con planillas de Excel.

Fuente original: Pagina12

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