Desde los despachos de la Casa Rosada y el búnker de «Toto» Caputo en Economía, se intenta vender un país de fantasía. El relato oficial, ese que los trolls financiados con la nuestra replican hasta el hartazgo, insiste con la quimera del «0% de inflación». Pero la realidad, esa que te golpea cuando pasás la tarjeta en el súper o cuando abrís la factura de luz, es una bestia muy distinta. Los datos no mienten, aunque el Gobierno intente maquillarlos: la inflación está hoy mucho más cerca de perforar el techo del 3% que de rozar el suelo del cero absoluto que prometió el León de peluche. Estamos ante una maniobra de prestidigitación estadística mientras el bolsillo popular sangra para financiar la fiesta de unos pocos.
El dibujo técnico: ¿Por qué el IPC oficial es un cuento chino?
Para entender el engaño, hay que meterse en el barro de la metodología. El nudo de la cuestión reside en la negativa sistemática del Ejecutivo para actualizar la fórmula del Índice de Precios al Consumidor (IPC). Actualmente, el índice que mide el INDEC utiliza una canasta de consumo que quedó vieja, donde el peso de los Servicios Públicos (tarifas) es inferior al impacto real que tienen hoy en el presupuesto de cualquier familia trabajadora. ¿Por qué Milei se niega a tocar esto? Elemental, Watson: si el IPC reflejara el peso real de las tarifas, que en el último mes subieron casi 7 puntos, el número final de inflación sería una bofetada imposible de ocultar.
Al mantener una estructura de medición obsoleta, el Gobierno logra que el «tarifazo» se diluya en el promedio general. Mientras tanto, el rubro Alimentos y Bebidas trepó un 3,3%, ubicándose muy por encima de ese «núcleo» del que tanto alardean. No es solo inoperancia; es una decisión política de subestimar el costo de vida para pisar salarios y jubilaciones. Si el termómetro está roto a propósito, no esperes que te digan que tenés fiebre hasta que estés en terapia intensiva.
La semántica del robo: «Precios relativos» y la transferencia de ingresos
Luis «Toto» Caputo, el Messi de las finanzas que ya nos dejó el tendal una vez y volvió por el resto, utiliza un eufemismo que es una verdadera falta de respeto: dice que no hay inflación, sino una “corrección de precios relativos”. Traducido del lenguaje garca al castellano básico: están moviendo la guita de tu mesa a la caja fuerte de las empresas energéticas y exportadoras. Para este Gobierno, que la luz suba un 100% o que el gas sea un lujo de aristócratas no es un problema de precios, es un «reordenamiento necesario».
¿Quién se beneficia de este esquema? No hace falta ser un genio de la Escuela Austríaca para verlo. Los ganadores son los de siempre: el sector energético concentrado, los amigos de la timba financiera y las grandes cadenas de supermercados que siguen remarcando por las dudas, amparados en la desregulación total que pregona el anarcocapitalismo de cotillón. El pueblo, en cambio, enfrenta una inflación en dólares con salarios de miseria en pesos, una combinación letal que solo busca disciplinar a la clase trabajadora mediante el hambre y la incertidumbre.
La barbarie argentina: Un modelo que solo cierra con represión y mentira
El análisis profundo nos lleva a una conclusión inevitable: el plan de Milei no es bajar la inflación para mejorar la vida de la gente, sino secar la plaza de pesos a costa de una recesión que tiene olor a cementerio. El «0%» es un fetiche para los mercados internacionales y el FMI, una medalla que el Presidente quiere colgarse mientras el consumo interno se desploma a niveles de la crisis de 2001. La inflación del 3% en alimentos es un drama humanitario en un país con más del 50% de pobreza, pero para la lógica de la «Barbarie Argentina», es simplemente un daño colateral en el camino a la gloria macroeconómica.
Estamos ante un gobierno que desprecia la estadística real porque su único objetivo es el ajuste perpetuo. No hay «luz al final del túnel» cuando el túnel está diseñado para ser un embudo que succiona la riqueza de los sectores populares hacia la cima de la pirámide. La resistencia no es solo política, es una cuestión de supervivencia frente a un modelo que nos quiere convencer de que estamos bien mientras nos quitan el plato de comida de la mesa. La mentira del 0% se cae sola cada vez que un argentino llega a la caja y tiene que dejar la mitad de la compra porque ya no le alcanza.
Fuente original: Pagina12