El nido del Pajarito

Cuando el pasado asoma para escupirle el asado al negacionismo de turno

Mientras el gobierno actual se desvive por instalar una narrativa de «reconciliación» que huele a impunidad rancia, la realidad —esa terca constructora de verdades— les acaba de estallar en la cara. El allanamiento en el departamento que perteneció a Carlos Guillermo «Pajarito» Suárez Mason, el carnicero del Primer Cuerpo de Ejército, no es una simple diligencia judicial de rutina. Es un recordatorio de que el pacto de silencio de la casta militar tiene grietas, y por esas grietas todavía supura la sangre de los 30.000. El juez Daniel Rafecas, actuando sobre la base de un testimonio clave, acaba de secuestrar documentos y manuscritos que el Ejército Argentino juró, durante décadas, que «no existían» o que habían sido «incinerados».

La burocracia del horror: Lo que escondía el ropero del genocida

Desde un análisis técnico-legal, el hallazgo es una bomba de fragmentación para las defensas de los genocidas que aún caminan entre nosotros. Suárez Mason no era un perejil; era el Señor de la Vida y la Muerte en la jurisdicción más densa del terrorismo de Estado (Capital Federal y gran parte de la Provincia de Buenos Aires). Que en su domicilio particular se encuentren archivos secretos y manuscritos originales del Ejército demuestra dos cosas: primero, el desprecio absoluto por la institucionalidad (se llevaban el Estado a su casa como si fuera un botín de guerra); y segundo, que la estructura de inteligencia de la dictadura operaba con una redundancia documental que hoy permite reconstruir destinos, nombres y cadenas de mando que el discurso oficial castrense intentó borrar.

Estos documentos no son simples cartas de amor. Estamos hablando de material que podría contener el itinerario represivo de cientos de desaparecidos. La importancia de los «manuscritos» radica en que la letra de puño y letra de los jerarcas anula cualquier intento de alegar «obediencia debida» o desconocimiento. Es la firma del autor sobre su obra más macabra. La justicia ahora debe peritar si estos papeles arrojan luz sobre el destino final de los niños apropiados y la ubicación de las fosas comunes que todavía nos faltan encontrar. La técnica del genocidio fue administrativa, y estos archivos son las facturas de ese horror que el Estado se niega a entregar de forma voluntaria.

El contexto: Un sopapo al negacionismo de cotillón

No podemos leer esta noticia de forma aislada. Ocurre en una Argentina donde la Vicepresidenta de la Nación reivindica a los «héroes» del terrorismo de Estado y donde se operan visitas a represores en el penal de Ezeiza como si fueran tours de jubilados. Este allanamiento es un acto de resistencia institucional frente al avance de una derecha que quiere canjear memoria por olvido. Mientras el poder político actual intenta desfinanciar los sitios de la memoria y perseguir a los organismos de Derechos Humanos, la aparición de estos archivos secretos pone en evidencia que la dictadura no terminó de morir porque sus secretos siguen guardados en los cajones de los edificios de Barrio Norte.

¿A quién beneficia que estos archivos sigan ocultos? A los que hoy proponen una «memoria completa» para ocultar que fueron cómplices civiles, económicos y eclesiásticos de la barbarie. Suárez Mason era el nexo con la Logia P2, con el narcotráfico y con el saqueo de empresas. Sus archivos podrían no solo hablar de muertes, sino de los negocios turbios que fundaron las fortunas de muchas de las familias que hoy nos hablan de libertad mientras nos ajustan el cuello. La «carne» de esta noticia es que la verdad sigue ahí, agazapada, esperando que un juez con pelotas o un testigo con conciencia decida romper la omertá.

La deuda interna: ¿Cuántos Suárez Mason quedan en las sombras?

Es un insulto a la inteligencia colectiva que tengamos que esperar a una «nueva declaración» en 2026 para allanar la casa de uno de los tipos más nefastos de la historia argentina. Esto habla de una justicia que camina con muletas y de un poder político que, durante décadas, no tuvo la voluntad real de desmantelar los sótanos del poder militar. El «Pajarito» murió en 2005, pero sus fantasmas y sus papeles se quedaron custodiando la impunidad. ¿Cuántos otros departamentos en la Recoleta o en Belgrano esconden hoy las listas de los vuelos de la muerte o el registro de los bebés nacidos en cautiverio?

En NSBA lo decimos clarito: la barbarie no es solo el Falcon verde; la barbarie es el silencio cobarde de los que saben y callan, y la complicidad de los que hoy, desde los despachos oficiales, intentan decirnos que «no fueron tantos» o que «fue una guerra». Estos archivos encontrados son la prueba de que no hubo guerra, hubo un plan sistemático de exterminio, documentado y archivado con la frialdad de un contador de morgue. Que sigan buscando, que sigan rascando las paredes, porque la memoria no se archiva, y la sangre, por más que la limpien con lavandina ideológica, siempre vuelve a brotar.

Fuente original: Pagina12

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

  • bitcoinBitcoin (BTC) $ 77,224.00
  • ethereumEthereum (ETH) $ 2,430.09
  • tetherTether (USDT) $ 1.00
  • xrpXRP (XRP) $ 1.48
  • bnbBNB (BNB) $ 644.67
  • usd-coinUSDC (USDC) $ 0.999861
  • solanaSolana (SOL) $ 89.00
  • tronTRON (TRX) $ 0.327608
  • staked-etherLido Staked Ether (STETH) $ 2,265.05
  • figure-helocFigure Heloc (FIGR_HELOC) $ 1.02