La marea que ahoga el negacionismo de cartón pintado
La Plaza de Mayo no es un decorado, por más que la estética de redes sociales y los ejércitos de trolls pagados con la nuestra intenten reducir la historia a un meme de mal gusto. A medio siglo del golpe que instaló el terrorismo de Estado en Argentina, la movilización de este 24 de marzo no fue solo un ejercicio de nostalgia; fue un acto de legítima defensa. Mientras desde los despachos oficiales se intenta resucitar la teoría de los dos demonios con un barniz de «justicia completa» que no es más que impunidad encubierta, el asfalto habló. Y lo que dijo es que la memoria en este país tiene raíces tan profundas que ningún ajuste, por más brutal que sea, las puede arrancar.
El nudo técnico: El genocidio como plan de negocios
Para entender por qué la Plaza estaba detonada de gente, hay que dejar de mirar la superficie y meterse en el barro de los números. El golpe de 1976 no fue un «exceso» de militares trasnochados; fue un programa económico de reconfiguración estructural que necesitaba el silencio de las tumbas para funcionar. El «nudo» técnico de esta historia es la transferencia de riqueza: durante la dictadura, la deuda externa argentina se multiplicó por seis, pasando de 8.000 millones a 45.000 millones de dólares. Ese fue el verdadero botín.
Hoy, el paralelismo es obsceno. El negacionismo que pregona el actual gobierno no es una postura filosófica, es una herramienta política. Necesitan deslegitimar la lucha de los 30.000 porque esa lucha representaba un modelo de país con industria nacional, pleno empleo y soberanía. Al atacar la cifra, al atacar a las Madres y Abuelas, lo que intentan es desarmar la resistencia simbólica al saqueo financiero actual. Si logran convencer a la sociedad de que los 70 fueron solo una «guerra» entre dos bandos, entonces pueden justificar que el hambre de hoy es un «sacrificio necesario» para un futuro que solo beneficia a los mismos apellidos que financiaron los Falcon verdes: los Blaquier, los Magnetto, los Braun.
La batalla por el sentido: ¿Quién se beneficia con el olvido?
El contexto político actual es de una hostilidad sin precedentes desde el retorno democrático. Tenemos un Ejecutivo que utiliza la provocación como método de gestión, intentando instalar que la justicia es «venganza». Pero la masividad de la marcha demuestra un error de cálculo sistémico por parte de la derecha liberticida. Creyeron que el cansancio económico de la población se traduciría en una renuncia a la identidad histórica. Se equivocaron feo.
¿Quién se beneficia con una Argentina sin memoria? El capital especulativo que necesita un pueblo sumiso, sin conciencia de sus derechos conquistados. El beneficio es para la casta de los uniformes y los CEOs que ven en la protesta social un estorbo para el «clima de negocios». La Plaza llena es el recordatorio de que el contrato social en Argentina tiene una cláusula de hierro: el Nunca Más no es negociable. La presencia de diversas generaciones, desde los sobrevivientes que peinan canas hasta pibes que no habían nacido ni en el 2001, marca un trasvasamiento generacional que es el peor de los miedos para el poder real. La memoria no es un archivo muerto; es un software que se actualiza con cada nuevo atropello al bolsillo del trabajador.
El trasvasamiento: Un escupitajo en la cara de la resignación
Es fascinante y, a la vez, una patada en el hígado para los negacionistas ver a pibes de 15 años levantando las fotos de los desaparecidos. Esos pibes, que el algoritmo intenta captar para el individualismo más rancio, hoy eligieron lo colectivo. La crónica de la jornada es clara: las generaciones se cruzaron no para sacarse una selfie, sino para blindar una verdad histórica que el gobierno intenta demoler a martillazos de fake news.
No es solo el recuerdo de los 30.000; es la conciencia de que el ajuste criminal de hoy tiene el mismo ADN que el plan de Martínez de Hoz. La represión de ayer es la exclusión de hoy. Por eso la Plaza estaba «repleta», un término que se queda corto ante la densidad política de la multitud. El insulto, si cabe aquí, es para los que desde la comodidad de sus cuentas de X (antes Twitter) se ríen del dolor ajeno: son unos miserables funcionales a un proyecto de país que los quiere esclavos, pero sin memoria para que no se den cuenta de las cadenas. La calle les volvió a marcar la cancha: podrán vender las empresas públicas, podrán licuar los salarios, pero no pueden comprarse la historia.
Fuente original: Pagina12